Navidad, dulce navidad…

December 23rd, 2004

Tras las luces navideñas que inundan de color las calles de la ciudad, tras el sonido de los villancicos y las risas de los niños esperando poder ver pronto sus regalos de Reyes, bajo el sonido de los anuncios de colonias y regalos de la televisión, se esconden unas fechas entrañables. No me cabe la menor de las dudas.

Es en estas fechas cuando, de repente, me siento invadido por un repentino sentimiento de felicidad y de añoranza a la vez. Felicidad porque es ahora cuando cada uno intenta hacer feliz a los demás, con regalos navideños, siendo más honrado y mejor persona, o marido, o hermano, o amante. Añoranza porque recuerdo aquellos días de niño, cuando todos los problemas del mundo me eran totalmente ajenos y sólo pensaba en lo divertidas que eran estas fiestas, lo hermoso que era reunirse toda la familia en torno a una mesa llena de deliciosa comida y dulces, mientras se oia de fondo el tañer de las campanas que anunciaban el año nuevo, para dejar posteriormente paso al primer anuncio del año (de dimensiones económicas inimaginables) y, a continuación, algún programa de Martes y Trece lleno de humor e ingenio. Y recuerdo también aquellas veces en que mis padres me dejaban trasnochar hasta altas horas de la mañana del primer día del año, en compañía de mis primas y tíos, mientas jugábamos a algún juego, contábamos chistes o símplemente mirábamos la televisión, haciendo un esfuerzo porque no se me cerraran los párpados que pesaban como losas por las incontables horas de falta de sueño.

Esos días de niño pasaron, y ahora el círculo se estrecha. Cada vez somos menos en la familia los que nos reunimos en estas fechas, y cada vez en momentos más puntulaes y señalados, casi como si de una obligación se tratara. Sin embargo, quizá no sea suficiente para limitar el encanto de estas fechas, de ver lo brillante y radiante que el árbol de navidad, ahí, en el centro del salón, se eleva como un majestuoso coloso de color verde, todo emperifollado de luces de colores y lazos arcoiris, que lo hacen sentir como si estuviera disfrazado. Tan sólo hecho de menos los días de nieve y poder salir a la calle a entablar una guerra de bolazos, el calor de una buena chimenea y una alfombra mullida y blanca, y, por qué no, el amor de una buena mujer.

Este ha sido un año haciago, y el primero de mi vida en el que he visto dejar este mundo a dos personas que a penas conocía, pero que, sin embargo, me han hecho sentir tristeza, porque les tenía en especial estima y consideración, No creo que sea necesario conocer a las personas para lamentar su pérdida, para sentir que una pequeña parte de este mundo termina, quizá para dejar parte a otra nueva, y pensar que la vida de los que quedan, será muy, muy dura, y lamentarán las pérdidas de los que nos dejaron, durante muchos años. Sólo espero que ese dolor no sea eterno y que deje paso al feliz recuerdo y los buenos momentos que los que ahora no están nos dieron una vez mientras estaban en vida.

Por ello, y una vez más, como en los últimos años, voy a pedir, a los Reyes Magos, el trío que más deseo: Salud, Amor y Dinero, por este mismo orden. Salud para sentirme bien conmigo mismo y poder disfrutar y hacer disfrutar a los demás. Amor, porque creo que es el sentimiento más hermoso y maravilloso del mundo, y porque no hay nada tan grande, a parte de la vida, que hacer feliz a otra persona, y que sienta que es realmente especial, que es única. Dinero, porque sin el vil metal es difícil mantener el primero de ellos, y hace más reconfortante poder disfrutar del segundo.

Pasaré hoja de este 2004 como si de otro capítulo más del libro mi vida se tratara, y espero escribir un nuevo 2005 con más ilusión, si cabe. Que vuestros destinos os sean propicios, y estos días venideros os colmen de felicidad.

Recordando viejos tiempos…

December 13th, 2004

…me doy cuenta de cómo es necesario mirar hacia atrás y rememorar el pasado, lecciones ya vividas para aprender, para enmendar errores, para ser mejor persona en todas las facetas, para disfrutar más de lo que se tiene, y mantener la esperanza y luchar por lo que no se tiene.

En estos últimos días, he tenido la oportunidad de recordar viejos tiempos, de ver antiguos amigos y visitar lugares en los que había estado ya antes. El jueves pasado, Carlos, Molpe y yo pusimos rumbo a Salamanca. La idea inicial era pasar unos días allí y, quizá, pasar a visitar luego otra ciudad. Pero uno aprende que la vida da muchas vueltas y no siempre puede uno hacer caso de los planes iniciales y seguir el camino marcado.

Salamanca es una ciudad realmente hermosa: medieval, casi atemporal. Entre los edificios antiguos, las dos catedrales, la Plaza Mayor, parece encerrar tiempos pasados, como líneas de un libro de historia antigua. Pasear por sus calles empedradas, a la luz de la luna, al lado de edificios que emanan siglos de tradiciones, historias, vidas, iluminados por luces blancas y ambarinas, es como vivir por un día en un sueño. Este fin de semana ha sido frío, nuboso, lleno de neblina, jornada de un largo puente, motivo que ha propiciado la ausencia de gran cantidad de gente que habrá regresado unos días a sus hogares. Es esa tranquilidad lo que me apasiona de Salamanca. En Madrid el ruido inunda las calles, mientras la gente camina, casi se podría decir que corre, de un lado para otro, como hormigas afanándose por realizar algún trabajo en su hormiguero. En Salamanca, sin embargo, se respira tranquilidad. Paseando por la noche, a lo largo del Puente Romano, iluminado por luces blancas, difuminadas por efecto de la niebla, se me recordaba algo fantasmagórico: no se veía un alma por la calle, tan sólo alguna pareja corriendo bajo el frío impenetrable, riendo, agarrados de la mano, o un hombre tomando fotografías con su cámara. La catedral se elevaba delante de nosotros, como un coloso de piedra y barro, construido durante siglos siguiendo un plan perfecto, donde cada piedra tiene su sitio, donde cada columna parece sostener lo insostenible, donde cada cristalera, cada lámpara, cada losa del suelo, han sido colocadas con precisión quirúrgica, con un esmero y una perfección casi impropias del ser humano. Cuando uno se encuentra ante tal despliege de belleza, se siente muy pequeño, casi insignificante, y comprende lo grande que es el ser humano, como la fe mueve montañas, como cada uno de nosotros necesita creer en algo.

El campus universitario, las residencias de estudiantes, la Pontificia de Salamanca, me traen a la memoria imágenes de películas, de momentos pasados, de cuando era más joven, de cosas que no he vivido pero siento como si así hubiera sido, de anhelos, de haber hecho cosas que no pude, de poder haber estudiado en una ciudad mágica, de haber conocido otras gentes, de cómo habría sido mi vida entonces. Esto me hace pensar que lo importante no es vivir la vida de cualquier manera, sino que es un regalo divino y hay que aprender a vivirla, de cómo ser feliz y comprenderse a uno mismo para poder hacer felices a los demás. Son estos momentos de tranquilidad, desconexión, compañía y soledad a la vez, los que me permiten dedicar algo de tiempo a pensar, a pensar en cosas en las que habitualmente no pienso.

No sólo ha sido un fin de semana de reencuentros con viejos lugares, sino de reencuentros con viejos amigos, a los cuales hacía mucho que no veía. He disfrutado de su compañía, y espero que ellos de la mía, de momentos de tranquilidad, de largas jornadas paseando, visitando monumentos, cafeterías y restaurantes, viendo mujeres hermosas por doquier, tomando fotografías, charlando de las cosas de siempre, de lo que tenemos, de lo que nos falta, de lo que esperamos pero no llega, de lo que llegó pero no esperábamos. Nada en especial, pero todo entrañable. Lo más importante, lo que merece la pena recordar de estos momentos es la buena compañía, para no olvidar, para aprender a dejar a un lado los problemas del día a día, esos que llevamos a cuestas, que nos atormentan a veces, que nos incomodan otras, y que tarde o temprano, acaban ahogándonos. Es cuando se agradece tener alguien con quien hablar, que escuche, que nos comprenda y comparta con nosotros sus problemas. Interrumpir la rutina, para descansar la mente y agotar el cuerpo, para mantener la cabeza ocupada con otras cosas, aprender a valorar lo que se tiene y a echar de menos lo que nos falta, disfrutar en compañía de amigos, aprehender lo que merece la pena y dejar marchar lo que no.

Sin embargo, a veces uno no es capaz de hacer ciertas cosas, de hacer lo correcto, de decir lo que piensa el alma o lo que siente la cabeza. Cambiar cuesta, y Dios sabe que lo intento, con todas mis fuerzas, pero no siempre lo consigo. Doy una imagen de alguien que no soy, y a veces me comporto como no quiero, sin saber del todo por qué, restándole importancia a cosas que sí la tienen, o pronunciando palabras equivcadas en el momento inoportuno, o peor aún, cuando callo pero en mi interior estoy deseando decir algo a gritos. El sábado teníamos una cena todos los viejos amigos, planeada desde hace tiempo. Yo debía haber ido a pesar de haber estado cansado. Debí hacer un esfuerzo, haber dejado a un lado mi estado anímico para compartir unas horas con ellos, mis amigos, que creo, de todo corazón, tenían ganas de verme, Sin embargo, por otro lado, me digo a mí mismo que podrán prescindir de mí, que al fin y al cabo, sólo soy “uno más” y pienso, egoístamente, que no soy importante. Pero lo realmente importante es no saber qué piensan, de sentir lo que sienten, de ponerme en su lugar y no sólo en el mío. Al fin y al cabo, eso es la entrega, la confianza, la dedicación, el amor hacia los demás, el sacrificio propio en virtud del prójimo.

Sólo espero aprender a comprender, a compartir, a valorar lo que realmente importa en esta vida: las personas. Es una lección que tengo pendiente, y creo que no hay nada más complicado a excepción de una cosa. Pero no será ahora cuando lo diga. Aún no estoy preparado.

Los Ingenieros Informáticos estudiamos una carrera para aprender a construir software, pero nunca nos enseñan a pensar globalmente, a encajar piezas como si fueran un puzzle. Nos dicen “divide y vencerás”, pero nunca nos han mostrado cómo “integrar para conocer”.

Mientras volvía a casa en compañía de Ricardo, he mantenido una interesante conversación acerca de los dos tipos de perfil que veo en un Ingeniero Informático: uno, el que gusta de la tecnología y abordar los problemas diarios en su contexto, a un gran nivel de detalle; el otro, el que gusta de tener una visión global, de conjunto, en definitiva, una visión del negocio.

El primero está en contacto con la tecnología, de primera mano. Conoce las herramientas a la perfección, sabe cómo funcionan los procesos al más bajo nivel, y sabe cómo resolver los problemas de su día a día. Sin embargo, éste carece de la visión global, del conjunto. Normalmente, sabe qué tiene que hacer, pero no sabe por qué. Cuando uno se mueve en este ámbito, no se plantea ciertas cosas, como estrategias de marketing, planificaciones de proyectos, mejora en la eficiencia y eficacia de los procesos de negocio. Aunque no es un trabajo falto de creatividad, suele ser rutinario, y no se enfoca a mejorar la organización en su conjunto, sino determinados procesos muy concretos.

El segundo perfil aborda la organización desde un nivel más alto. Un directivo no se preocupa de comprender con detalle el funcionamiento de los sistemas de información, sino de comprender la información que éstos arrojan. No, a este nivel, no importa si se han vendido cuatro mil seiscientos veinte y tres artículos, sino establecer unos patrones de comportamiento: qué tipo de clientes han realizado las compras, categorizados por edad, sexo, poder adquisitivo, región geográfica. Aquí se busca la eficiencia del negocio, conocer si un producto es rentable, y también la creatividad, mejorando lo existente, buscando nuevos mercados. Al directivo de Telefónica, no le interesa el listado diario de llamadas facturadas, le interesa buscar información en esos datos: ver que existe un tipo de cliente, comprendido entre los 16 y 24 años que tiene un bajo poder adquisitivo, que prefiere usar los mensajes cortos porque tienen un coste de servicio predecible, y que suelen gastarse una media de 60€ al mes. De esa forma, es posible crear campañas de fidelización, como los programas de puntos que permiten cambiar de terminal móvil a bajo coste, o hablar más barato con los amigos que usan el mismo proveedor de telefonía. Sin embargo, es el ingeniero el que diseña y programa el software para contabilizar esos puntos acumulados por llamada, aunque raras veces entienda el motivo que lleva a implantar una funcionalidad así.

Al nivel más alto, un ejecutivo busca la creatividad, el mejorar la organización en conjunto, no limitándose a un proceso de negocio. Esto último es labor de los mandos intermedios, no de la gerencia ni la directiva. Cuando Apple desarrolló el iPod, tuvo que concentrarse en la creatividad, en cómo desarrollar, producir, vender, distribuir, en general, conocer las motivaciones que persigue un individuo que compra un producto así, comprender qué espera de él y cómo piensa usarlo. Es arriesgado. Otras empresas tuvieron ideas similares pero fracasaron. Quizá no fueron lo suficientemente creativos, quizá fracasaron en la visión de conjunto, quizá no hicieron un estudio de mercado correcto para llegar a comprender qué motiva a alguien a comprar un artículo semejante, quizá el segmento de mercado al que iban destinados no era el adecuado. Quizá sólo no era el momento adecuado.

En definitiva, creo que es importante motivar a los Ingenieros Informáticos a que persigan esa creatividad al más alto nivel. No se trata de dedicar toda una vida a programar software, o diseñarlo, sino comprender más allá de los diagramas UML y de casos de uso, preguntar, investigar, curiosear, para entender cómo encajan todas las piezas: la contabilidad, la tesorería, la labor comercial y de marketing, para entender la organización globalmente. ¿Qué hacemos? ¿Qué vendermos? ¿Cómo podemos mejorar? Quizá Apple debería hacer esto mismo, y plantearse, con la experiencia ganada de productos de éxito como el iPod, desarrollar ideas complementarias, como un equipo de vídeo digital, sonido e imagen integrado que permite conectividad inalámbrica para poder reproducir música almacenada en el iPod o el Mac que está en la habitación, sin necesidad de mover equipos de su sitio, o utilizar cables. Sin embargo, llegar a semejantes ideas requiere conocer la situación y el funcionamiento de dicha empresa en su conjunto, y no limitarse a la cadena de producción de los iPods, o al equipo de ingenieros que desarrolla Mac OS X.

Desde luego, yo persigo esa imagen, esa idea global, esa comprensión del negocio que no se consigue rellenando cuadernos de carga y programando funciones, mientras se desconoce el por qué, el para qué. Al fin y al cabo, una empresa no vive de las funciones o algoritmos del software que compone los sistemas informáticos, sino de cosas más sustanciales, de procesos de negocio, de la creatividad, de la visión de futuro, de cuestionarse constantemente las cosas, de buscar una mejora, de aprender del entorno, de superar a la competencia. Al fin y al cabo, ya que no podemos llegar a comprendernos en su totalidad, deberíamos empezar por comprender las cosas que nos rodean.